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¿Has oído hablar de Dios Madre? Una lectura desde la Torá»meta_descripcion: «Qué enseña la Iglesia de Dios Sociedad Misionera Mundial sobre Ahn Sahng-hong y Dios Madre, y qué responde el texto de la Torá y los Profetas.

3 octubre, 2026 8 min de lectura Felipe
Iglesia mision de dios

¿Has oído hablar de Dios Madre? Una lectura desde la Torá

Suele empezar así: dos personas amables, casi siempre jóvenes, se te acercan en una plaza o en la puerta del supermercado. Biblia en mano, te hacen una pregunta que descoloca: «¿Sabías que la Biblia habla de Dios Madre?». Si te detienes, te mostrarán un par de versículos, te hablarán del Shabat y de la Pascua, y te invitarán a un estudio.

Detrás de esa conversación está la Iglesia de Dios Sociedad Misionera Mundial (en inglés, World Mission Society Church of God), un movimiento de origen surcoreano que hoy está presente en buena parte de Latinoamérica, también en Chile.

Este artículo no busca burlarse de nadie. Muchos de quienes están ahí son personas sinceras, con hambre real de Dios y de la Escritura. Precisamente por eso vale la pena hacer lo que en esta casa intentamos hacer siempre: abrir el texto, leerlo despacio y dejar que hable él.


Quiénes son y qué creen

La iglesia fue fundada en 1964 en Busán, Corea del Sur, por Ahn Sahng-hong (1918–1985). Tras su muerte, el movimiento se reorganizó con sede en Seongnam, y hoy afirma tener millones de miembros en más de 170 países.

Sus enseñanzas centrales, en resumen, son estas:

  • Ahn Sahng-hong es «Cristo Ahn Sahng-hong», es decir, la segunda venida del Mesías y Dios Padre manifestado en carne.
  • Zahng Gil-jah, una mujer surcoreana nacida en 1943, es «Dios Madre», la «Jerusalén celestial» y la esposa del Cordero.
  • La salvación depende de recibir a Dios Padre y a Dios Madre juntos.
  • Se guardan el sábado como día de reposo y las fiestas bíblicas, en especial la Pascua, que llaman «Pascua del Nuevo Pacto», y a la que atribuyen poder para el perdón de los pecados y la vida eterna.

Hay algo que hay que reconocer con honestidad: este movimiento recuperó cosas que gran parte del cristianismo había dejado de lado, como el Shabat y las fiestas que Dios entregó en la Torá. Eso atrae a mucha gente, y con razón: quien lee la Escritura con atención nota que esos tiempos no fueron inventados por hombres.

Pero un calendario correcto no garantiza un Dios correcto. Y aquí es donde la Torá tiene mucho que decir.


«Escucha, Israel»: un solo Dios, sin pareja

El corazón de la Torá cabe en una frase. La que se recita cada mañana y cada noche desde hace milenios:

«Shemá Israel, Adonai Eloheinu, Adonai Ejad.»
Escucha, Israel: el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es uno. (Deuteronomio 6:4)

La palabra hebrea ejad no deja espacio para una «pareja divina». En todo el mundo antiguo los dioses tenían consorte: Baal tenía a Asera, Osiris a Isis, El a su diosa madre. La revolución de la Torá fue justamente lo contrario: el Dios de Israel no tiene esposa, no tiene genealogía, no nace ni muere. Está solo, por encima de toda la creación, y no comparte su lugar con nadie.

«Yo soy el Eterno; este es mi nombre. A otro no daré mi gloria.» (Isaías 42:8)

Cuando un movimiento presenta a un Dios Padre y a una Dios Madre que deben ser recibidos juntos, no está «completando» la revelación bíblica. Está volviendo, sin quererlo, al modelo que la Torá vino a desmontar.


«Ninguna figura viste»

Moisés le recuerda al pueblo lo que vivieron en el Sinaí, y el detalle no es menor:

«Guarden mucho sus almas, pues ninguna figura vieron el día que el Eterno les habló en Horeb de en medio del fuego; para que no se corrompan y se hagan escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra.» (Deuteronomio 4:15-16)

Fíjate en las dos palabras finales: varón o hembra. La Torá anticipa exactamente la tentación de imaginar a Dios con forma humana, sea masculina o femenina, y la cierra antes de que se abra.

Y Bilam, un profeta que ni siquiera era israelita, lo dice sin rodeos:

«Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.» (Números 23:19)

Un hombre nacido en 1918 que muere en 1985, y una mujer nacida en 1943, son seres humanos. Pueden ser respetados, queridos o admirados. Pero según el texto, no pueden ser el Dios que habló en el Sinaí.


La reina del cielo: una advertencia que ya está escrita

Hay un pasaje del profeta Jeremías que pocas veces se lee y que resulta sorprendentemente actual. En los últimos días del reino de Judá, el pueblo había incorporado el culto a una figura femenina divina:

«Los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego y las mujeres preparan la masa para hacer tortas a la reina del cielo, y para hacer ofrendas a dioses ajenos, para provocarme a ira.» (Jeremías 7:18)

Más adelante, en el capítulo 44, el pueblo incluso defiende esa práctica: dicen que les iba mejor cuando la honraban. Jeremías responde que precisamente por eso vino la ruina sobre Jerusalén.

La idea de una «madre celestial» adorada junto al Dios de Israel no es nueva. Ya existió, ya fue confrontada por los profetas y ya fue señalada como desvío. No hace falta inventar argumentos nuevos; basta con leer lo que está escrito.


Cómo reconocer a un profeta según la Torá

La Torá no nos deja indefensos frente a quien dice hablar en nombre de Dios. Nos da dos pruebas muy concretas.

La primera es la de la palabra cumplida:

«Si el profeta habla en nombre del Eterno y no se cumple lo que dijo, ni acontece, esa palabra no la habló el Eterno; con presunción la habló.» (Deuteronomio 18:22)

Ahn Sahng-hong escribió sobre el fin del mundo y la cercanía del juicio, y antiguos miembros del movimiento han relatado públicamente expectativas de fin del mundo asociadas a fechas como 1988, 1999 y 2012. La iglesia niega haber fijado esas fechas oficialmente, y no corresponde aquí juzgar intenciones. Pero sí vale la pena que cada lector lo investigue con calma y aplique la medida que la propia Torá entrega.

La segunda prueba es todavía más profunda:

«Cuando se levante en medio de ti profeta, o soñador de sueños, y te anuncie señal o prodigios, y se cumpla la señal o prodigio que él te anunció, diciendo: ‘Vamos en pos de dioses ajenos, que no conociste, y sirvámosles’, no darás oído a las palabras de tal profeta.» (Deuteronomio 13:1-3)

Lee eso con atención: aunque la señal se cumpla. La Torá dice que ni siquiera los prodigios validan a un mensajero si este nos lleva hacia un dios que nuestros padres no conocieron. Y una Dios Madre surcoreana es, literalmente, una figura que Abraham, Isaac, Jacob y Moisés no conocieron.


«Tú eres hombre, y no Dios»

En otro artículo de esta casa estudiamos El Príncipe de Tiro. Hay una frase de Ezequiel que encaja aquí con una precisión incómoda:

«Por cuanto se enalteció tu corazón y dijiste: ‘Yo soy un dios’ (…) siendo tú hombre y no Dios.» (Ezequiel 28:2)

El problema del príncipe de Tiro no era su riqueza ni su sabiduría. Era haber cruzado la línea que separa al Creador de la criatura. Esa línea es la columna vertebral de toda la Escritura hebrea, y ninguna interpretación, por elaborada que sea, puede borrarla.


Sobre el Shabat y las fiestas

Vale la pena volver a lo que este movimiento hace bien, porque ahí está su mayor atractivo.

El Shabat es un regalo real. Las fiestas del Eterno, Pesaj, Shavuot, Sucot, son tiempos señalados por Dios mismo (Levítico 23). Quien las redescubre siente que algo se ordena por dentro, y esa experiencia es auténtica.

Pero en la Torá, Pesaj es memoria: el recuerdo de que el Eterno sacó a Israel de Egipto con mano fuerte (Éxodo 12:14; 13:8). No es un rito que transmite vida eterna a quien lo recibe de manos de una organización determinada. Cuando una fiesta bíblica se convierte en la «llave» que solo un grupo posee, deja de apuntar al Dios que libera y empieza a apuntar a la institución que administra la llave.

Guardar las fechas correctas no es lo mismo que obedecer al Dios de las fechas.


Si alguien cercano está ahí

Puede que estés leyendo esto porque un hijo, una hermana o un amigo empezó a asistir. Algunas cosas que ayudan:

  1. No ataques a la persona. Casi siempre entró buscando algo bueno: verdad, comunidad, sentido. Reconócelo.
  2. Lean juntos el texto, no los folletos. Deuteronomio 4, 6, 13 y 18; Jeremías 7 y 44; Isaías 42. Sin comentarios, sin apuro. Que el texto haga su trabajo.
  3. Haz preguntas en vez de dar sermones. «¿Dónde dice la Torá que Dios tiene esposa?» «¿Qué hacemos con Deuteronomio 13 si un profeta nos señala a alguien que nuestros padres no conocieron?»
  4. Mantén la puerta abierta. Muchas personas salen de estos grupos años después, y lo que más recuerdan es quién no les cerró la puerta.

Para cerrar

La Torá no nos pide creerle a quien habla más fuerte, a quien tiene más templos ni a quien llegó a más países. Nos pide algo más simple y más exigente: conocer al Dios que se reveló y no aceptar sustitutos.

«A ti te fue mostrado, para que sepas que el Eterno es Dios, y no hay otro fuera de él.» (Deuteronomio 4:35)

Esa frase fue suficiente para Israel en el desierto. Sigue siendo suficiente hoy, en una plaza cualquiera del sur del mundo, cuando alguien amable se acerca con una pregunta que suena nueva pero que, en realidad, los profetas ya respondieron.

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